La sonrisa de Nicolás

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Esta historia que cuento es maravillosa, pues en días en los cuales la temperatura alcanza los cuarenta y tanto grados que alguien sonría, a pesar de estar en un semáforo de un cruce de caminos, de un lugar cualquiera de la bella e incandescente Sevilla, es de admirar. Cuando otros en mejores condiciones lo que persiste en su vida es la constante queja.
A Nicolás le conocí hace unos años, cuando yo asistía a la facultad de comunicación en la que estudiaba periodismo. Mientras él estudiaba el arte de sobrevivir, recién desembarcado en  un país muy distinto al  suyo. Cuando iba en mi coche para las clases, con la ilusión de adquirir conocimientos nuevos, él  estaba en su semáforo con la ilusión de adquirir lo que no tenía en su país, oportunidades de futuro y, que aquí, se las tenía que buscar ofreciendo pañuelos de papel. Hiciera frio, un día lluvioso o un calor insoportable, estaba siempre allí, sonriendo y sin exigir nada, sólo amabilidad. Así  es como fui conociendo a este gran Nicolás.
Al principio no hablaba español, lo hacía en francés. Recuerdo el día que me dijo “quiero saber andalú” y, cuando pasado unos meses, sonriendo dijo “Ya hablo tu lengua, Ana”, le pregunte, ¿cuál, castellano o andaluz? Y me sonrío, pues  hablaba castellano pero con todo el acento andaluz.
Porque aunque los pequeños Nicolás, por desgracia, lleguen a copar páginas de medios sin otro mérito que inventarse una vida que no tienen o  la tienen tan vacía que han de llenar con aires de grandeza y mentiras,  también hay muchos grandes Nicolás que se labran un futuro sin mucha ayuda o merito inventado. Solo a base de tesón,  ganas e ímpetu para obtener lo mejor de la situación que le toco vivir.
Estos días infernales en Sevilla con temperaturas insoportables para cualquier ser vivo, volví a pasar por el semáforo de Nicolás y, como siempre al verme corrió hacia el coche.  Le dije que no estuviese al sol- eran las cinco de la tarde- que le podía dar un “sincope”, me contestó que tenía que trabajar y ahora más. Se había casado. Le pregunte si estaba feliz, y me contestó que mucho, se reflejaba en su mirada y en la forma  en que orgulloso me mostró su anillo de casado.
Han transcurrido unos cuantos años, terminé mi carrera y cada vez que cruzo por el semáforo me he parado para hablar con él. Yo, que no soy nadie excepcional, que siga recordándome y salude con alegría cuando paso por “su lugar de trabajo” es maravilloso. Él sigue en el mismo cruce, espera que un día ese cruce lo transite alguien que le dé una oportunidad. Igual que a muchos de nosotros, en otros ámbitos de la vida.
Como ésta ¡Hay tantas historias! de “sin papeles”, no por ser inmigrante, sino por no encontrar un papel que desempeñar y vivir en un lugar dónde, al menos, den una oportunidad. Por eso siempre me quedaba y me quedaré observando la sonrisa de Nicolás, porque esa sonrisa es sinónimo de tener mucho, aun sin tener nada. Nada material digo, porque interior lo posee todo.

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