IDIOMA Y CIUDADANÍA

Bien hablar y bien escribir tiende  a verse en nuestros días como “atributo de clase social”, según decía Lázaro Carreter en su obra El dardo en la palabra, y continuaba  con lo siguiente: “En realidad así es y así ha parecido siempre, pero con una diferencia importante: la clase que así se expresaba, se reconocía como superior, impresionaba e infundía respeto desde  que empezaba y escandalizaba si no lo hacía de aquel modo. Quienes procedíamos de estratos sociales humildísimos, no cuestionabamos aquel lenguaje; tratábamos de apropiárnoslo. Hoy no; las clases víctimas de la secular injusticia de la incultura, tienden en convertir esta forma de cultura, y a proponerla como instrumento contra la otra, la denominada burguesa.
 Se enfrentan fundamentalmente los gustos en las artes, y se introduce dentro del bloque diferencial el lenguaje. El idioma correcto ya no resulta para muchos, deseable, por entender que es una manifestación más de la superestructura. Les basta, dicen, el suyo propio, el de su ámbito familiar o socioeconómico. Por ello el idioma que oyen en las aulas y que quieren imbuir en ellas, puede resultarles raro o hasta desdeñable. Por tanto este el primer problema grave con el que se puede encontrar el profesor en los centros; la indiferencia, o hasta la hostilidad de los estudiantes, ante una lengua ( Lengua y enseñanza ) más refinada. 
 No debe confundirse la lengua con la cultura: ésta puede ser burguesa o de cualquier otra ideología, mientras que la lengua, como medio de comunicación entre los hombre es común a todos. Ésta debe ser tratada como instrumento, la comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que nos importan, no los signos; pero sucede que sin signos, no hay objetos comunicables. Y por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, del idioma con que se piensa. Nada más absurdo que valorar la pobreza de tal sistema como atributo de clase, como arrogante emblema de un estado social. Aún así no se deben excluir la peculiaridades individuales o de grupo pero, sí, debemos acostumbrarnos pronto es a la autocrítica, a la conciencia reflexiva de cómo se dicen las cosas. La situación culturalmente más baja corresponde a aquellos que tienen sólo un registro para comunicarse.
Si pensamos un poco, actualmente con las redes sociales, en especial, cuando usamos para comunicarnos los mensajes, ya sea a través de móvil o de ordenador, cada vez acortamos más lo que queremos decir, lo cual va en detrimento de nuestra  lengua. Sobre todo en los jóvenes que, cuando se deben de enfrentar a un examen, no saben si una palabra se escribe con g o j,  si lleva tilde o no.

 

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